Pero la fama de que sus consejos hacían mucho bien se extendió
tanto que al fin los peregrinos no pudieron contenerse y derribaron aquella
pared. Allí estaba Antonio que desde hacía 20 años no veía
rostro humano alguno, y no comía carne, y sólo se alimentaba de
un poco de pan y un poco de agua cada día. Pero en su rostro no se notaba
ningún mal efecto de estos sacrificios, sino que aparecía amable
y lleno de alegría.
A los 55 años, para satisfacer la petición de muchos hombres que
le pedían les ayudara a vivir vida de ermitaños como él,
organizó una serie de chozas individuales, donde se practicaba una pobreza
heroica. En cada una de estas chozas vivía un ermitaño dedicado
a orar, a trabajar y a hacer sacrificios. Constantemente se oían cantar
por allí las alabanzas de Dios.
Antonio los fue formando en la santidad con sus sabios consejos. San Atanasio
narra que les aconsejaba lo siguiente: "No vivir tan preocupados por el
cuerpo sino por la salvación del alma. Cada mañana pensar que
éste puede ser el último día de nuestra vida, y vivir tan
santamente como si en verdad lo fuera. Ejecutar cada acción como si fuera
la última de la vida. Recordar que los enemigos del alma son vencidos
con la oración, la mortificación, la humildad y las buenas obras
y se alejan cuando hacemos bien la señal de la cruz. Les contaba que
muchas veces había hecho salir huyendo al demonio con sólo pronunciar
con toda fe el santo nombre de Jesús. Les decía que para combatir
la impureza hay que pensar frecuentemente en lo que nos espera al final de la
vida: Muerte, Juicio, Infierno o Gloria. Les insistía que se esforzaran
por llegar a ser mansos y amables; que no buscaran ser alabados o muy estimados;
que lo que obtuvieran con el trabajo de sus manos (se dedicaban a tejer esteras
y canastos) lo dedicaran a los pobres y que su preocupación fuera siempre
ir apreciando y amando cada día más a Jesucristo. Así con
San Antonio nació en la Iglesia la primera comunidad de religiosos.
Cuando estalló la persecución contra los cristianos, el santo
se fue con algunos de sus monjes a la ciudad de Alejandría a animar a
los cristianos para que prefirieran perder todos sus bienes y hasta la misma
vida con tal de no renegar de Cristo y de su santa religión. Los paganos
no se atrevieron a hacerle daño porque la gente lo veneraba como un hombre
de Dios. "Ahí va el santo", exclamaban hasta los paganos al
verlo pasar.
Luego se fue a vivir más lejos todavía y duró 18 años
sin ver a nadie, sólo meditando, haciendo penitencias y hablando con
Dios. En los terribles calores del desierto (44 grados) hizo el sacrificio de
no bañarse ni una vez, ni cambiarse de ropa. Era un sacrificio tremendo
para esos calores sofocantes. No bebía ni una gota de agua antes de que
se ocultara el sol.
Pero apareció luego una terrible herejía que decía que
Cristo no era Dios. La propagaba un tal Arrio. San Antonio contempló
en una visión que el mundo se llenaba de serpientes venenosas, y oyó
una voz que decía: "Son los que niegan que Jesucristo es Dios".
Inmediatamente hizo expulsar de sus monasterios a todos los arrianos que negaban
la Divinidad de Jesucristo y se fue otra vez a Alejandría a apoyar a
San Atanasio que era el gran orador que atacaba a los arrianos. Allá
San Antonio hizo milagros portentosos para probar que Cristo sí es Dios.
Al famoso sabio Dídimo el ciego le dijo que no entristeciera por ser
ciego, sino que se alegrara porque con la fe podía ver a Dios en su alma.
Los últimos años de su vida era muy visitado por peregrinos que
iban a pedirle consejos. El hacía que sus monjes más santos y
más sabios los aconsejaran y luego reuniendo al atardecer a todos los
peregrinos les hacía algún pequeño sermón.
Murió de más de cien años pero conservaba buena la vista
y el cerebro. Y aparecía siempre tan alegre y amable, que cuando llegaba
un peregrino y preguntaba por él, le decían: "Busque entre
los monjes, y el más alegre de todos, ese es Antonio". Y aunque
el peregrino jamás lo había visto antes en su vida, pasaba por
entre los monjes y al ver a uno más amable y risueño y alegre
que los demás, preguntaba: ¿Es este Antonio? Y le respondían
que sí era él.
Antes de morir hizo jurar a sus discípulos que no contarían dónde
estaba enterrado, para que las gentes no tuvieran el peligro de dedicarse a
rendirle cultos desproporcionados.
Los antiguos le tenían mucha fe para que alejara de sus campos las pestes
que atacan a los animales. Por eso lo pintan con un cerdo, un perro y un gallo.
Había también la costumbre de que varios campesinos engordaban
entre todos cada año un cerdo y el día de San Antonio, el 17 de
enero, lo mataban y lo repartían entre los pobres.
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