por Alejandro León
protectora@arrakis.es
La ley del silencio
La ley del silencio se esparce entre los lugareños no por simpatía, sino por miedo, y el "crimen" queda oculto. Si no fuera por tanto descalabro me darían más pena los verdugos, tan ignorantes y pobres de espíritu.
No existe tradición, y aunque existiera no podría ser concebible ni aceptable. Las muertes de esta vil manera son un subproducto de la incultura y el atraso. No es originario de esta sociedad de consumo el lema "usar y tirar", también se han usado y tirado en todos los tiempos los animales que dejaban de ser útiles, por enfermedad, accidente o vejez. La eugenesia, que no la eutanasia, ha sido y es tristemente aceptable para los animales de compañía. Los burros conocen muy bien a lo que me refiero.
Los galgos, como perros leales, como animales que saben soportar estoicamente los desafíos del clima, como vigilantes del campamento, como suministradores de alimento, y como dadores de cariño son únicos. Sí no existe amor, al menos que exista respeto. Sí no existe respeto, al menos que la ley obligue a aquellos que van y vienen con sus liebres a cuestas a que justifiquen cuándo, dónde y cómo olvidaron a su animal "preferido".
Pero, a pesar de la histeria y alarmismo que se quiere propagar por algunos "animalistas", los casos de ahorcamientos de galgos son hoy situaciones, afortunadamente, poco frecuentes. Es más necesaria la denuncia antes los masivos casos de omisión y desprecio que siguen aceptándose cómo de normal funcionamiento.
Galgos mal alimentados, galgos encerrados toda la semana en jaulas malolientes y estrechas, galgos que mueren de tristeza o a falta de una cura a tiempo, o por un abandono consciente en los campos. Estos no son casos atípicos y singulares, son realidades más cotidianas. Y desgraciadamente no sólo ocurre con los galgos; es más habitual con los perros de caza, escopeta, de rastreo, de caza mayor.
Pocas denuncias sobre su maltratopasan a los despachos administrativos y pocas de ellas se convierten en sanción penal. En el campo, los animales tienen menor protección: un 20% de las denuncias. En cambio, su censo es superior a las ciudades. Falta de vigilancia e inspección de las galgueras e inexistencia de censos permiten asegurar el número de galgos que se abandonan a su suerte (abandono en el campo o un disparo ordenado al "verdugo del pueblo") son las prácticas mas frecuente. Todos los años superan los 20.000 casos.
El galgo suele tener como dueño a un cazador, aunque va creciendo su presencia como perro de compañía. Ciertamente, algunos cuidan de su animal con cariño y sus galgos son modelos de los perros obesos de las ciudades. Gusta ver su carrera velos, de 60 a 80 km/h. en tiempo mantenido, resistente, con esa fijeza de objetivo incrustada en los genes de tantas épocas de dureza y hambruna.
El galgo es parte de nuestra cultura. Respetemos su historia y su belleza y denunciemos las tropelías y salvajadas de quienes, todavía hoy, siguen viviendo en las cavernas.