Introducción

Probablemente no exista tema más sensible y delicado de enfrentar en las ciencias médicas que la muerte y más aún en al caso de pacientes que presentan cuadros progresivos e irremediablemente mortales. Nuestra profesión no es la excepción, sin embargo de manera lamentable la aproximación comunicacional al propietario de mascotas no se trata de modo profundo dentro del núcleo temático en la formación del Médico Veterinario, estando más abocado a aspectos técnicos propios de la profesión.
Antecedentes
La muerte terminal se caracteriza, en la mayoría de los casos, por ser debilitante y progresiva y sin lugar a dudas tanto para el propietario de mascotas es una experiencia única e individual de experimentar; esto debido a las variables emocionales, sociales, religiosas y culturales que marcan las vivencias y experiencias de cada individuo. No obstante, existe consenso entre los dueños que la enfermedad terminal es sinonimia de incurabilidad, fracaso terapéutico y muerte ya inminente.
Para tratar este tipo de casos, es indispensable que tanto el propietario adopte maduramente la noción de muerte a partir de la información oportuna del tratante, tomando conciencia de la decadencia progresiva de la mascota para superar la ansiedad, que en realidad es el fin pasivo de la funcionalidad del organismo. Este paso ya constituye la primera fase del tratamiento.
Además, cuando tratamos a un paciente de este tipo asumimos que no hacemos nada que atente contra su integridad al tratarlo, pero esto también implica la posibilidad de interrumpir la terapia en un momento dado. Entonces cabe preguntarnos: ¿cuál es el punto de quiebre de este equilibrio de criterios? La terapia se debe continuar si existe la posibilidad real de mejoría no sólo del estado del paciente, sino también de su calidad de vida.
Por otra parte, a veces nos centramos exclusivamente en el paciente ignorando de manera inconciente al propietario y en muchas ocasiones descuidando la manera de cómo comunicar de modo correcto. Es imprescindible entender que se debe respetar lo que el propietario quiera saber como aquello que no; esto no siempre es entendido ya que informamos a veces sin respetar la cantidad y profundidad de la información que el dueño solicita. Hay que considerar también que existen propietarios que han asumido el cuadro de su mascota, pero al último momento exigen la ayuda con más ahínco; esto es del todo natural ya que por una parte esperarán que todo termine, pero el dueño siempre esperará que algo cambie y esto es algo que el médico veterinario tratante debe tener en mente.
El médico veterinario debe autoerigirse ciertos límites al verse en este tipo de situación tan particular. Como principio debiera limitarse a la llamada “terapia del silencio” entendiendo que no se halla en la obligación de llenar aquellos silencios, sino más bien en entender el conflicto de su paciente y la familia que lo rodea. Es por esto que seleccionará (si es que acude una familia con el paciente) a la persona más capacitada para acompañar al animal moribundo y al mismo tiempo tratará de atenuar los sentimientos de culpabilidad de los miembros de la familia. En el caso que los dueños dejen al cuidado profesional a la mascota, el tratante deberá asegurarles que habrá un profesional con la mascota hasta su deceso, ya que no es necesario que el propietario esté presente al momento de morir…pero recuerde, esto dependerá del dueño.
Dentro de esta problemática, se halla también el conflicto en el que se encuentra a veces el médico veterinario referente a decir toda la verdad, ya que algunos aspectos de ciertas enfermedades pudieren aumentar la ansiedad de los propietarios. En realidad, uno debiera estar limitado a informar de todo en cuanto el dueño demande, pero con el criterio tomado de la mano con la información para no sobre ni subvalorar los pronósticos. Es por esto que tanto la frialdad absoluta en entregar un diagnóstico como la sobreprotección son peligrosas.
Lo mejor es ser claros en las informaciones que demos. Es allí donde se cumple el viejo adagio que “la verdad es el mejor diagnóstico”, sin embargo nosotros consideramos que es mejor darla de manera gradual y no a dosis-pulso. El ser brusco, rotundo o inmediato en entregar el diagnóstico o hacerlo en el momento equivocado, sobre todo cuando reviste esta gravedad, es algo que se aprende en base a los errores. No olvide que, para el dueño o familia propietaria de la mascota afectada, el diagnóstico es una verdad que se asimila poco a poco.
Autores
Dr. Ricardo Pastén A., Médico Veterinario Universidad Iberoamericana de Ciencias y Tecnología.
Dr. Ariel Cortéz A., Médico Veterinario Universidad de Concepción
Medicina y Cirugía de Pequeños Animales, Curauma