Alergia a los alimentos
La alergia a los alimentos tiene una incidencia mucho menor que las dos anteriores. Es una alergia frente a sustancias que se ingieren, que suelen ser productos básicos en la dieta del animal: carne (vacuno, cordero, caballo, cerdo o pollo), pescado, huevo, lácteos, arroz, soja, trigo, maíz, etc. Por lo tanto la alergia a los alimentos puede afectar a cualquier individuo, tanto los que consumen dietas preparadas en casa, como en aquéllos que se alimentan con piensos comerciales.
En perros el signo más constante es el prurito, que frecuentemente afecta a cabeza y manos, pudiendo complicarse con otitis, seborrea, etc. En algunos animales, pueden concurrir signos digestivos, como diarrea y/o vómitos. En casos leves la única manifestación puede ser la presencia de eritema (enrojecimiento) del pabellón auricular.
En gatos, al igual que en los casos anteriores, los signos pueden ser muy diversos, tal y como se comento más arriba.
Diágnostico
Ante un perro o gato con una sospecha de enfermedad alérgica, generalmente lo primero que se debe hacer es descartar que no sean otras enfermedades de la piel que se pueden diagnosticar con relativa facilidad, como por ejemplo la tiña o las sarnas. Para ello, muchas veces la información que aporta el dueño y la exploración del animal son suficientes para concluir que no es ninguna de estas patologías. Otras veces esto no es posible y se deben hacer pruebas diagnósticas específicas, como un raspado cutáneo para comprobar al microscopio la presencia o ausencia de ácaros, o un cultivo de hongos si se sospecha de tiña.
En el caso particular de los gatos, si no existen evidencias claras de rascado, como sería la presencia de erosiones, o que el dueño le vea rascarse, se debe hacer una tricografía. Esta técnica consiste en arrancar unos pelos de la zona alopécica y observar al microscopio si las puntas están rotas, indicativo de que el gato se rasca o lame.
Cuando la sospecha se centra en un problema alérgico, en el caso de los perros en primer lugar se debe decidir si es un problema de atopia o de DAPP, sin descatar que ambas enfermedades estén afectando a la mascota. Para ello se utilizan los datos recogidos en el interrogatorio al propietario y los obtenidos durante la exploración del animal, como por ejemplo el área corporal afectada. Si el control de pulgas en el ambiente del animal no es adecuado, siempre se debe realizar durante 1-2 meses un control exhaustivo de este parásito, debiendo existir una mejoría parcial o completa cuando la DAPP es parte de la enfermedad.
Ante una sospecha de atopia, si se desea confirmar a qué alergenos (ácaro del polvo, epitelios, pólenes, etc) es sensible el animal, se deben hacer pruebas complementarias. Estos ensayos sólo son imprescindibles cuando se desea hacer un tratamiento de desensibilización del paciente. En su defecto no se necesitan realizar para diagnosticar que el animal padece de atopia.
Si el perro no responde al control de pulgas y no se relaciona su cuadro con una atopia, o cuando se sospecha de una posible alergia a los alimentos, para diagnosticar esta enfermedad se necesita alimentar al paciente con una dieta de eliminación.
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